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¿Por qué no lloras? — Me preguntó, no supe qué responder.

Desde que tengo memoria, ha sido difícil para mí expresar mis emociones frente a las personas, la represa que alberga todas mis lágrimas se construyó desde hace años. Poco a poco y con mucho trabajo la he destruido, o lo que queda de ella.

Es complicado mantener el ritmo y flujo normal de las lágrimas cuando esta represa ha sido fortificada por frases como:

-Cuando tengas motivos para llorar, hablamos.
-¿Por qué estás triste si no tienes motivos para sentirte así?
-Lo tienes todo, no tienes razones para llorar

O cuando la persona que quieres te deja, argumentando que le provocas ansiedad y estrés. Cuando tomas el coraje de pedirle ayuda y lo único que hace es irse, sin cerrar la puerta, peor aún.

Al decidir ser vulnerables estamos corriendo el riesgo de que nos destrocen el corazón o por el contrario, puede que encontremos compañía, consuelo y amor. Nunca lo sabremos si no nos atrevemos.

Es muy fácil romper un corazón, la confianza y la capacidad de sentir y expresar las emociones. Toma 1 minuto destruir y años sanar.

Las personas caminamos por nuestra vida muchas veces sin mirar alrededor. No lo decimos, porque no es correcto, pero la verdad es que pocas veces nos interesa lo que pase a los demás, solo tenemos espacio para nosotros mismos, y otros cuantos más, a veces.

Es entonces cuando nos sumergimos en una soledad colectiva, todo el mundo se siente solo pero nadie quiere ser compañía de nadie. Queremos recibir, pero no queremos dar, tal vez porque sentimos que no tenemos nada, tal vez por egocentrismo, tal vez porque no podemos con nosotros mismos.

Por otro lado, el acto más humano y vulnerable, el de pedir ayuda, se transforma en algo vergonzoso, un último recurso, y es aquí donde un corazón se puede fracturar aún más.

Cuando una persona toma la valiente decisión de abrir su corazón y pedir ayuda, espera la mínima decencia, una respuesta.

El problema es que como sociedad vivimos tan ensimismados que en nuestra pequeña realidad no cabe nadie más. Mucho menos ofrecer ayuda a que la necesita. Ignorando el hecho de que es cuando ayudamos, damos una mano, y existimos para otros, que nuestras propias heridas empiezan a sanar. Porque vivimos en una sociedad interdependiente, nos necesitamos.

Hoy en día, las amistades y la familia están transformándose en relaciones superficiales y cordiales, con unos límites marcados, donde el corazón no puede entrar.

Asimismo, la falta de comunicación, y el resentimiento que se desprende de ello, han hecho de las suyas. ¿Por qué? Porque nuestros amigos y familiares se sienten solos, tristes, frustrados, etc… pero no lo comunican y de alguna manera mágica esperan que del otro lado haya alguien que les consuele, apoye, y escuche sobre un asunto completamente desconocido.

La falta de apoyo y compañía crea un resentimiento en la persona que, en primer lugar, nunca pidió ayuda ni comunicó lo que necesitaba. Su corazón se dolió y por ende se cerró, y es así como vuelve el círculo vicioso donde no habla, no recibe, no da, y siente que alguna manera, no existe.

Por otro lado, estamos quienes hemos pedido ayuda y no la hemos recibido, o peor aún, nos la han negado con un insulto. He encontrado que la respuesta es más simple de lo que se pensaría: buscar en otro lugar.

No considero una solución el cerrar el corazón y omitir las vivencias a los demás personas, porque siempre habrá alguien presto a escuchar.

Considero que es de gran importancia asistir a terapia, porque existen muchos asuntos, traumas, vivencias, etc… dentro de nosotros que es mejor llevar con un profesional con herramientas y una posición neutral, y no solo con alguien con un juicio existente basado en un parte de nuestra historia.

La vida es dura, para todos, no sólo para algunos. Cada quien vive diferentes situaciones, pero en últimas, la tierra no gira alrededor de ninguno. El mundo es mejor cuando vivimos con empatía y estamos presentes para las personas que queremos, e incluso para aquellas que no conocemos. A veces, lo único que necesitamos es un abrazo y ya está.

Recordemos la importancia de no minimizar el dolor de otros, cada persona tiene su historia y es igual de valiosa. Que todos tenemos motivos para sentir tristeza y no hay que darle explicaciones a nadie. Podemos aprender a llorar, soltar, sanar y estar presentes al mismo tiempo para los demás.

Para que así, poco a poco, la soledad colectiva suelte nuestras vidas.

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